En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios verdadero; y de la gloriosa Virgen Nuestra Señora, y del bienaventurado apóstol Santiago, patrón de España: comiénzanse los comentarios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, adelantado y gobernador de la provincia del Río de la Plata, y lo que le acaeció en ella desde el año de mil y quinientos y cuarenta y uno hasta el año de mil y quinientos y cuarenta y cinco, en que fue preso y enviado a España.
Habiendo el dicho adelantado navegado desde el puerto de Sanlúcar de Barrameda con dos navíos y un bergantín, y llegado a la isla de Santa Catalina, costa del Brasil, a veinte y nueve días del mes de marzo de mil y quinientos y cuarenta y uno, desembarcó con toda su gente, que eran hasta doscientos y cincuenta hombres de guerra, con propósito de pasar la tierra adentro hasta la ciudad de la Asunción, que está fundada en la provincia del Paraguay, por no poder navegar los navíos el río arriba a causa de una gran corriente y muchos pasos peligrosos.
Y así, con toda su gente y fardaje, comenzó su camino por tierra, y en este viaje padeció muchos trabajos de hambre, de sed, de cansancio y de enfermedades, por ser la tierra muy áspera y llena de grandes sierras, ríos y ciénagas, y habitada de muchas naciones de indios, así amigos como enemigos; y con todo esto llegó a la dicha ciudad de la Asunción a once días del mes de marzo del año de mil y quinientos y cuarenta y dos, donde fue recibido con mucha solemnidad y regocijo de los vecinos y moradores della.
Y luego que llegó, hizo juntar los capitanes y personas principales de la tierra y les notificó los poderes y provisiones que traía de Su Majestad, por las cuales le mandaba que gobernase aquella provincia y usase del cargo de adelantado, y que tuviese especial cuidado de la conversión y buen tratamiento de los indios naturales della. Y aunque algunos de los vecinos holgaron de su venida, otros no lo mostraron así, especialmente el capitán Domingo Martínez de Irala y sus allegados, que hasta entonces habían gobernado la tierra y no querían perder el mando ni los aprovechamientos que de él tenían.
Proveyó el adelantado muchas cosas cumplideras al servicio de Dios y de Su Majestad y al bien de la tierra, y en especial mandó que no se hiciesen entradas a los indios sin su licencia y que no se les tomasen sus haciendas ni se les hicieran agravios, lo cual fue muy mal recibido por los capitanes y soldados que tenían costumbre de aprovecharse de los indios a su voluntad. Y así, de día en día, fue creciendo el descontento y la disensión entre la gente de guerra, hasta que los dichos Irala y sus confederados determinaron de prender al adelantado y enviarle a España, como lo hicieron a veinticinco días del mes de abril del año de mil y quinientos y cuarenta y cuatro.