Prosas profanas y otros poemas

Autor: Rubén Darío · Año: 1896 · Lugar: Buenos Aires · Licencia: Dominio público · Edición: 1920 · Editorial: Librería de la Viuda de Ch. Bouret (París–México)

📘 Descripción de Prosas profanas

Prosas profanas y otros poemas es el segundo libro de poemas original de Rubén Darío, publicado en Buenos Aires en 1896 por la Imprenta de Pablo E. Coni e Hijos. Considerado unánimemente como el manifiesto artístico del Modernismo hispanoamericano y uno de los libros de poesía más influyentes escritos en español, la obra consolidó un lenguaje poético radicalmente nuevo, de musicalidad intensa y vocabulario culto, que transformó para siempre la tradición literaria en lengua castellana.

El título es una declaración de principios. En la tradición litúrgica medieval, las prosas o secuencias eran composiciones poéticas de estructura musical compleja cantadas en la misa. Darío toma esa forma y la declara «profana»: la separa de lo religioso y la consagra en cambio al culto de la belleza artística. El gesto es deliberadamente paradójico y provocador, pues no niega la dimensión sagrada de la poesía, sino que la traslada. El Arte se convierte en el único templo, y el poeta en su sacerdote.

La obra se abre con las Palabras liminares, un prólogo en prosa poética que funciona como manifiesto estético del Modernismo. En ese texto breve y denso, Darío proclama la soberanía absoluta del creador sobre su obra: «Mi poesía es mía en mí». Declara su independencia de toda escuela, de toda utilidad moral y de toda tradición que no sea la de la belleza misma, y lanza su célebre desafío a quienes exigen al poeta que sirva causas ajenas al Arte: «Y la primera ley, creador: crear. Bufe el eunuco». Las Palabras liminares representan, junto con el «Prólogo» de Azul... escrito por Eduardo de la Barra (1888), uno de los textos fundacionales de la teoría literaria modernista.

El libro se compone de una serie de ciclos y agrupaciones temáticas. El ciclo «El año lírico» presenta cuatro poemas estacionales (Primaveral, Estival, Autumnal, Invernal) que exploran el erotismo a través de las transformaciones de la naturaleza. «Coloquio de los centauros», el poema más extenso y filosófico del volumen, construye un diálogo mitológico en que las figuras híbridas del centauro debaten sobre el misterio de la existencia, el deseo y la muerte. «Sonatina», probablemente el poema más conocido de Darío, narra con musicalidad de vals el tedio de una princesa prisionera de su propia belleza. «Era un aire suave...» recrea con deslumbrante sensualidad una fiesta galante del siglo XVIII francés en torno a la figura de la marquesa Eulalia.

Las influencias de Prosas profanas son fundamentalmente francesas. Del Parnasianismo, Darío toma el ideal de la perfección formal, la analogía entre poesía y escultura, y el culto a la belleza clásica y mítica: Leconte de Lisle, Théophile Gautier («el Arte es la única inmortalidad») y José-María de Heredia son sus guías principales en este aspecto. Del Simbolismo toma la musicalidad como valor supremo del verso, la sugerencia como método y el poema como experiencia sensorial antes que como argumento: Paul Verlaine («De la musique avant toute chose») y Stéphane Mallarmé son sus referencias centrales. También son visibles la impronta de Victor Hugo y el erotismo refinado de Catulle Mendès.

La recepción inicial de Prosas profanas fue desigual. En Buenos Aires, la crítica conservadora vio en el libro un ejercicio de frivolidad exótica y galicismo excesivo. Juan Valera, el gran crítico español que ya había elogiado Azul... (1888), dudó ante el «pagano» y cosmopolita Darío de las Prosas. Sin embargo, los jóvenes poetas de toda Hispanoamérica y de España reconocieron de inmediato que algo irreversible había ocurrido en la poesía en español. El nicaragüense Manuel Gutiérrez Nájera, el cubano José Martí, el mexicano Amado Nervo y, en España, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y Francisco Villaespesa leyeron el libro como una revelación.

La segunda edición, publicada en París en 1901 por la Librería de la Viuda de Ch. Bouret, incorporó veinte nuevos poemas y una nota introductoria al prólogo original en la que Darío, ya instalado en Europa como diplomático de Nicaragua y corresponsal literario de renombre, matizó algunos de sus postulados más absolutos, reconociendo las deudas hispanas del Modernismo y abriendo la puerta a la poesía de compromiso que él mismo desarrollaría en Cantos de vida y esperanza (1905).

La importancia histórica de Prosas profanas trasciende el ámbito estrictamente literario. El libro representó la primera ocasión en que la literatura hispanoamericana, históricamente deudora de los modelos metropolitanos peninsulares, no solo se igualaba a ellos sino que los revertía, exportando a España un lenguaje poético renovado. Como observó el crítico uruguayo José Enrique Rodó ya en 1899, aunque con reservas ante el cosmopolitismo desarraigado del libro, Darío había logrado que «la poesía castellana sonara de otra manera». Esa «otra manera» definiría la poesía en español durante al menos dos décadas.

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A continuación se presentan fragmentos representativos de Prosas profanas, seleccionados por su importancia programática y su valor literario intrínseco.

Nota editorial: el presente texto reproduce la edición Bouret (París–México, 1920), basada en la versión ampliada publicada en París en 1901. Las referencias a la edición original de Buenos Aires (1896) se incluyen con fines comparativos.

PALABRAS LIMINARES [FRAGMENTO]

Después de Dios, nadie ha hecho lo que yo en castellano.

¿Hay en mi sangre alguna gota de sangre de África, o de indio? Pudiera ser, a despecho de mis manos de marqués; mas he aquí que veréis en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos o imposibles: ¡qué queréis!, yo soy el que soy.

Mi poesía es mía en mí; la tomé de aquí y de allá, de todo y de nada. Tengo lo que he querido tener. Y la primera ley, creador: crear. Bufe el eunuco.

En cuanto al hexámetro, dirán que es latino o griego. ¡Claro está! No es castellano. No lo había en castellano porque no se había cantado en él. Yo soy el primero que lo he empleado en nuestra lengua.

No hay escuela; hay poetas. El verdadero artista comprende todas las maneras y halla la belleza bajo todas las formas. Toda la gloria y toda la eternidad están en nuestra conciencia.

ERA UN AIRE SUAVE... [POEMA COMPLETO]

Era un aire suave, de pausados giros;
el hada Harmonía ritmaba sus vuelos;
e iban frases vagas y tenues suspiros
entre los sollozos de los violoncelos.

Sobre la terraza, junto a los ramajes,
diriase un trémolo de liras eolias
cuando acariciaban los sedosos trajes
sobre el tallo erguidas las blancas magnolias.

La marquesa Eulalia risas y desvíos
daba a un tiempo mismo para dos rivales:
el vizconde rubio de los desafíos
y el abate joven de los madrigales.

Cerca, coronado con hojas de viña,
reía en su máscara Término barbado,
y, como un efebo que fuese una niña,
Mostraba una Diana su mármol rosado.

Y bajo un boscaje del amor palestra,
sobre rico zócalo al modo de Jonia,
con un candelabro prendido en la diestra
volaba el Mercurio de Juan de Bolonia.

La orquesta parlaba sus mágicos sones,
el sitial de Eulalia abandonó la fila.
¿A quién se brindaban los altos dones
de su falda llena de flores de lis?

Pensó Eulalia tanto en sus brazaletes,
en sus rosas, lirios, jazmines, claveles,
y se dijo: «El alma de los violetes
vive en perfumados y gratos vergeles.»

Y ante las dos rivales ¿a cuál acaso
otorga el amor? Para acompasado
cae en el teclado sonoro el ocaso,
y el vals que deliras dejó de sonar.

¿Fue acaso en el Norte o en el Mediodía?
Yo el tiempo y el día y el país ignoro;
pero sé que Eulalia ríe todavía,
¡y es cruel y eterna su risa de oro!

SONATINA [POEMA COMPLETO]

La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste. La princesa está pálida.)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
(La princesa está pálida. La princesa está triste.)
más brillante que el alba, más hermoso que Abril!

«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con su beso de amor.»

EL CISNE [FRAGMENTO]

Fue en una hora divina para el género humano.
El Cisne antes cantaba sólo para morir.
Cuando se oyó el acento del Cisne wagneriano
fue en medio de una aurora, fue para revivir.

Sobre las tempestades del humano océano
se oye el canto del Cisne; no se cesa de oír,
dominando el martillo del viejo Thor germano
o las trompas que cantan la espada de Sigmundo.

¡Oh Cisne! ¡Oh sacro pájaro! Si antes la blanca Helena
del huevo azul de Leda brotó de gracia llena,
siendo de la Hermosura la princesa inmortal,

bajo tus blancas alas la nueva Poesía
concibe en una gloria de luz y de armonía
la Helena eterna y pura que encarna el ideal.

COLOQUIO DE LOS CENTAUROS [FRAGMENTO INICIAL]

En la isla en que detiene su esquife el argonauta
del inmortal Ensueño, donde la eterna pauta
de las eternas liras se escucha —isla de oro
en que el tritón elige su caracol sonoro
y la sirena blanca va a ver el sol—, un día
se oye un tropel vibrante de fuerza y de armonía.

Son los Centauros. Pasan por el llano soleado.
El gran Quirón preside: Quirón el constelado,
que fue maestro un tiempo de la vieja Harmonía;
y mano de cristal y alma de barro y lira
de la montaña, Orión; y el anciano Chiron,
y Folo; y el gallardo Hipeo; y el de la trompeta
de los centauros, Mares; y el vate de los pinos.

[Fragmentos de la primera edición (Buenos Aires, 1896) y la segunda edición ampliada (París, 1901). Las Prosas profanas completas incluyen además «El año lírico», «Blasón», «Ite, missa est», «Verlaine», «Margarita», «De invierno», «El faisán» y los veinte poemas incorporados en la edición parisina, entre ellos «Cyrano en España» y «Cosas del Cid».]

🏛 Contexto histórico de Prosas profanas

Prosas profanas es inseparable del Buenos Aires de los años 1893-1898, período en que Rubén Darío residió en Argentina como corresponsal del diario La Nación y figura central de la vida cultural porteña. Era la ciudad más moderna, cosmopolita y europeizada de América del Sur, y Darío, nacido en Metapa (hoy Ciudad Darío), Nicaragua, en 1867, encontró en ella el ambiente intelectual y la distancia geográfica de Madrid que necesitaba para construir su proyecto estético más ambicioso.

El Modernismo hispanoamericano, del que Prosas profanas es la piedra angular, no fue un movimiento organizado ni un grupo con manifiesto colectivo previo. Fue más bien una convergencia de voluntades individuales que, desde distintos países latinoamericanos, coincidieron en el rechazo del Romanticismo tardío y del Realismo costumbrista peninsular, en la búsqueda de una renovación radical del lenguaje poético, y en la mirada hacia la literatura francesa contemporánea como modelo de modernidad artística. El cubano José Martí, el mexicano Manuel Gutiérrez Nájera, el colombiano José Asunción Silva y el propio Darío son sus figuras fundadoras, aunque ninguno usó inicialmente el término «Modernismo» como divisa.

La formación intelectual de Darío fue esencialmente autodidacta y voraz. Nacido en una familia humilde y criado en León (Nicaragua), tuvo acceso desde niño a la biblioteca del político Jerónimo Ramírez, donde leyó desordenadamente a los clásicos españoles y a los enciclopedistas franceses. Su primer gran libro, Azul... (Valparaíso, 1888), ya mostraba la influencia del cuento y la prosa de Gustave Flaubert y Guy de Maupassant, pero fue en Buenos Aires, donde pudo leer sistemáticamente a los poetas parnasianistas y simbolistas, donde su poética alcanzó su madurez.

El Parnasianismo francés, surgido en torno a las tres series de Le Parnasse contemporain (1866-1876), proclamaba la impasibilidad emocional del poeta, la perfección técnica del verso y la distancia irónica de la poesía respecto a los asuntos cotidianos. El arte era «inútil» en el sentido más alto del término: no servía a la moral, no ilustraba causas políticas, no consolaba tristezas privadas. Servía únicamente a la belleza, que era su propia justificación. Esta doctrina, resumida en el célebre verso de Théophile Gautier, «L'art, c'est la vie», y desarrollada por Leconte de Lisle y José-María de Heredia, nutrió profundamente la poética de las Prosas profanas, sobre todo en sus dimensiones formales: la búsqueda del verso perfecto, la precisión del vocabulario y la preferencia por los temas míticos o históricos sobre los sentimentales.

El Simbolismo, corriente posterior surgida con «Le Manifeste symboliste» de Jean Moréas (1886), añadía la dimensión musical y la apuesta por la sugerencia sobre la declaración directa. Paul Verlaine había proclamado en su «Art poétique» (1874) que «de la musique avant toute chose»: la música debía ser la cualidad suprema del verso, no la imagen ni la idea. Stéphane Mallarmé había llevado esta doctrina a su extremo en poemas que aspiraban a existir más allá del significado convencional de las palabras. Darío, en las Prosas profanas, integró ambas corrientes con una libertad ecléctica que fue precisamente una de sus originalidades: tomó de cada escuela lo que necesitaba sin quedar prisionero de ninguna.

La recepción de Prosas profanas en España fue inicialmente ambivalente pero progresivamente entusiasta. El crítico Juan Valera, que había prologado con elogios la versión española de Azul..., encontró en las Prosas un «galicismo mental» excesivo pero reconoció su brillantez técnica. Sin embargo, fueron los jóvenes poetas españoles quienes respondieron con mayor radicalidad: Antonio Machado reconocería la influencia de Darío en sus primeros poemas; Juan Ramón Jiménez lo consideraría el renovador absoluto de la poesía en español; Francisco Villaespesa lo proclamaría maestro. Cuando Darío visitó España en 1899, fue recibido como una figura tutelar del Modernismo en ambos lados del Atlántico, fenómeno sin precedentes en la historia cultural hispánica.

La segunda edición de Prosas profanas, publicada en París en 1901, coincidió con una inflexión significativa en la trayectoria de Darío. Instalado en Europa como diplomático de Nicaragua y periodista de reconocimiento internacional, el poeta había comenzado a integrar en su sensibilidad estética las preocupaciones históricas e identitarias hispanoamericanas que culminarían en Cantos de vida y esperanza (1905), donde el esteticismo puro de las Prosas coexiste con poemas de intensa reflexión política e histórica como «A Roosevelt» o «Los cisnes». En la nota que antepuso a la reedición, Darío reconoció que el cosmopolitismo abstracto de las Prosas era una postura necesaria en su momento pero no definitiva.

En la historia de la literatura hispanoamericana, Prosas profanas representa el momento en que la literatura del continente dejó de ser percibida como periferia de la española para adquirir una voz propia, técnicamente superior en muchos aspectos a la que se producía en la metrópoli. Esta inversión del flujo cultural, en la que una obra americana renovaba una tradición peninsular y no al revés, constituye uno de los hitos más significativos de la historia literaria en español y sienta las bases del papel que la literatura latinoamericana tendría en el siglo XX, desde la vanguardia al Boom.

Material complementario

❓ Preguntas frecuentes

¿Este libro es legal para descargar?

Sí. Prosas profanas de Rubén Darío pertenece al dominio público y se ofrece con fines educativos y culturales. Darío falleció en 1916 y sus obras llevan más de cien años en dominio público en todos los países.

¿Quién fue Rubén Darío?

Rubén Darío (1867-1916), cuyo nombre real era Félix Rubén García Sarmiento, fue el poeta nicaragüense que fundó e impulsó el Modernismo hispanoamericano. Fue también periodista y diplomático. Su obra renovó radicalmente la poesía en español y su influencia se extiende a toda la poesía hispanoamericana y española del siglo XX.

¿Cuántas ediciones tuvo Prosas profanas en vida de Darío?

Dos ediciones principales: la primera en Buenos Aires (1896), con los poemas originales del ciclo porteño, y la segunda en París (1901), ampliada con veinte poemas nuevos escritos durante los años europeos de Darío, incluyendo «Cyrano en España» y «Cosas del Cid». En esta página se encuentra la versión publicada por Bouret (París–México, 1920), no revisada por Darío, y realizada posterior a su muerte.

¿Qué relación tiene Prosas profanas con Azul...?

Azul... (1888) fue el libro que puso a Darío en el mapa literario hispánico, con cuentos y poemas influidos por el Parnasianismo y la narrativa francesa. Prosas profanas representa la madurez y la radicalización de ese proyecto: si Azul... experimentaba con el Modernismo, las Prosas lo proclaman como sistema estético completo.

¿En qué formatos está disponible Prosas profanas?

Está disponible en PDF facsimilar de la edición Bouret (París–México, 1920), basada en la versión ampliada de 1901. y en PDF de la segunda edición ampliada (París, 1901). Ambas ediciones pertenecen al dominio público.

¿Por qué Prosas profanas es importante hoy?

Prosas profanas sigue siendo relevante como afirmación de la autonomía del arte frente a la utilidad y la moral, de la renovación formal como necesidad histórica y del cosmopolitismo cultural como condición del pensamiento creativo. En un momento en que se debaten los límites de la identidad cultural y la relación entre las tradiciones locales y las influencias globales, la apuesta de Darío por una estética transnacional y sintética conserva toda su vigencia.