Muchos años há que tengo pensado escribir la historia de estas Indias Occidentales, como hombre que há más de cincuenta años que vivo y ando en ellas, y he cursado muchas provincias y tierras del Nuevo Mundo, comunicando y tratando con sus naturales, leyendo los autores que de ellas han escrito y experimentando por mi persona cuanto en esta mi historia referiré; la cual, así por la larga experiencia y noticia de las cosas que escribo, como por el cuidado con que las he inquirido y averiguado, espero que sea de provecho y gusto a los que la leyeren.
Divídese esta historia en dos partes principales. La primera trata de las cosas naturales y la segunda de las humanas o morales. En la primera declaro la situación de las tierras e islas que componen el Nuevo Mundo y sus calidades, con la descripción de sus cielos, temples, vientos, aguas, plantas y animales; y en la segunda trato de los hombres que las pueblan, sus costumbres, ritos y ceremonias, y en particular de los reyes incas del Perú y del gobierno que tuvieron, por haber sido los mayores y más poderosos señores que ha habido en el Nuevo Mundo.
Del maíz, que los indios del Perú llaman zara, hay muchas diferencias en esta tierra, que se distinguen por el color, grandeza, dureza y temple de los granos. El que más se usa y estima es el amarillo, que los naturales llaman morocho; es muy duro y de excelente sabor cuando se tuesta o cuece. El maíz blanco, llamado sara yurac, es más tierno y de mayor grano; con él hacen la chicha, bebida ordinaria de los indios. Hay también maíz negro, rojo, jaspeado, y de otros colores, los cuales se cultivan en los valles calientes y en las laderas de la cordillera hasta cierta altura, pues en las tierras muy frías, que llaman puna, no se da esta planta.
El templo del Sol, que los incas llamaban Coricancha, que quiere decir lugar del oro, estaba situado en el Cuzco, cabeza y capital de todo su reino. Era el más venerado y rico de cuantos tenían, y en él residía el sumo sacerdote, que llamaban Villac Umu. De este templo salían cuarenta y una líneas imaginarias a las que los indios llamaban ceques, y cada uno de ellos tenía señaladas ciertas huacas, que son lugares sagrados y adoratorios distribuidos por los campos y cerros del contorno del Cuzco. Por este orden tenían repartidas las huacas entre los linajes y parentelas de la ciudad, que eran los obligados a cuidarlas y hacer en ellas sus sacrificios y devociones en los tiempos señalados.
De los animales que se crían en las tierras frías del Perú, ninguno es más provechoso y estimado que la llama, a la que los indios llaman también carnero de la tierra, aunque no tiene lana tan fina como la del carnero de Castilla. Es animal de mucha utilidad: sirve de bestia de carga en los caminos que no pueden andar caballos, y su carne es buena para comer, y de su lana hacen ropa. Las vicuñas, que andan sueltas por los páramos y punas, dan la lana más fina y delicada de toda esta tierra, y con ella se fabrican los tejidos más preciados que se conocen en el Perú.